Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia, personalizar y analizar tu navegación, mostrar publicidad y anuncios basados en tus intereses.Si sigues navegando, consideramos que aceptas su uso. Para cambiar la configuración u obtener más información entra en Política de Cookies. Última actualización: 24/05/2018
Grace's photoshoot

LAS HISTORIAS DE GRACE Y MOLLY

Durante la colaboración de ghd con David Allen para el diseño de esta edición limitada solidaria, conocimos a dos bellas y fuertes mujeres que son las musas de la nueva edición de pink: Grace Lombardo y Molly Weingart.

Han confiado en ghd para contar sus historias y celebrar su empoderamiento en el 15 aniversario del apoyo de la mara a la investigación del cáncer de mama en todo el mundo. Conoce sus increíbles historias de superación y transformación.

LA HISTORIA DE GRACE

Conoce a Grace Lombardo, la cara principal de la campaña de ghd Ink on pink. Una madre de tres hijos de 38 años que vive en Chicago.

En abril de 2016 a Grace le diagnosticaron cáncer de pecho y sufrió una mastectomía bilateral. Un año después se puso en manos de David para cubrir sus cicatrices.

“Cubrir mi piel dañada y con cicatrices con los diseños artísticos de David me dió la oportunidad de amar mi cuerpo.” – Grace

LA HISTORIA DE MOLLY

Molly Weingart, una mujer de 33 años de Philadelphia que está formándose para ser fisioterapeuta fue diagnosticada con cáncer de mama con 32 años. Molly pasó por todo el proceso con David Allen durante el desarrollo de la campana de ghd pink, acompañada por su madre Deborah, que sobrevivió también al cáncer de mama hace 20 años.

Molly's design

“No podía imaginarme que tatuar mis cicatrices con David Allen me haría sentir bella de nuevo, que lo hizo, o que en lugar de sentirlo como un proceso médico, lo viviría como la creación de una obra de arte en la que mi piel era el lienzo.” - Molly

Cuando se acercaba mi 32 cumpleaños, en enero, puse la mano en mi pecho izquierdo y noté algo extraño. Era ligeramente diferente en la forma y algunas partes se sentían duras y sólidas. Hice una nota mental: necesitaba consultarlo con el doctor. Un viernes 24 de marzo de 2017 a las 1.30 pm fuí a una revisión rutinaria (una prueba de Papanicolau o citología) y, casualmente, le pregunté a mi doctor sobre mi exámen mamario ya que mi madre sufrió cancer de mama. Tengo imágenes muy vívidas de las visitas a mi madre en el hospital, su cabello cada vez más debilitado y la extenuación de la quimioterapia. Sin embargo, cuando ella sufrió la enfermedad yo era muy joven y no entendía lo que era el cancer (solo que era una enfermedad horrible, dura y con un gran impacto familiar). Como resultado tener cancer de mama siempre ha sido uno de mis miedos. De algún modo, creía que si pedía el examen de mama de una forma casual no habría nada malo. Sin embargo me hicieron la prueba y mi médico frunció el ceño: “tenemos que conseguirte una mamografía de emergencia”. Comencé a llorar porque en ese momento tomé conciencia de que estaba enferma.

Molly and her mum Deborah

El lunes siguiente, tras un fin de semana tratando no pensar, preocupada y hacienda yoga para ocupar mi mente, mi madre y yo fuimos a la mamografía (que teóricamente no es necearia hasta los 40 o los 35 como muy pronto). Es una de las pocas veces que he visto llorar a mi madre de miedo por mi situación. Es una mujer dura, valiente, perspicaz y está llena de amor. Es una roca y un punto de apoyo para todo el mundo y una de las personas más optimismas que conozco.

Entre lágrimas me dijo “Ojalá no tuvieras que pasar por esto”. En sus ojos, vi nuestra relación desde un punto de vista totalmente diferente: cambió entre relación madre-hija a una entre dos mujeres adultas en la que una conoce el duro camino que le queda a la otra. La abracé y fui al baño donde lloré en privado ya que, quizá, si nadie me veía llorar podría protegerles de sentir miedo por mí o alejar estos momentos surrealistas de la vida real.

Durante la mamografía me apretaron el pecho y lo comprimieron para tomar imágenes de multiples ángulos. La radióloga fue muy amable y empática, y me explicó que la mamografía mostraba imágenes que requerirían de tests posteriores: una biopsia al día siguiente.

No sabía que las biopsias son tan dolorosas. Pensé que sería tan solo un pinchazo como cuando te vacunan, pero es más bien como si alguien absorbiera con una pajita el contenido de mi pecho (siento ser tan gráfica). Como si fuera un radiólogo diferente al del día anterior, examiné de cerca las imágenes de mi tejido mamario, mi madre se sentó allí, sosteniendo mi mano. En un momento dado miré la pantalla de ultrasonido, que mostraba lo que estaba viendo el radiólogo. Vi lo que parecían uvas en un tallo en blanco y negro. Había visto imágenes como esa antes, en algún sitio de Internet o en una conferencia de fisiología de cómo se ve un tumor.

Molly and David

Pasé el resto de la semana intentando seguir yendo a clase. Estaba preparándome para el doctorado en fisioterapia. No recuerdo nada de lo que aprendí durante las clases de esa semana. Comí mucho helado, fui a yoga cada día, di clases de baile. Fui a cenar con mi hermano mayor. Todo sin soltar el móvil por si recibía una llamada de mi doctora con los resultados. El viernes 31 de marzo de 2017 por fin terminé mis estudios de Neurociencia y fui al baño antes de coger el metro a casa. Estaba lavándome las manos cuando sonó el teléfono. Era la radióloga que había hecho la biopsia. Apenas podía escucharla en un aula ocupada, todo mi esfuerzo era intentar entenderla en medio de tanto ruido. En un tono calmado y práctico, como si estuviera informando sobre el clima, me dijo que tenía dos tipos de cáncer; DCIS y carcinoma ductal invasivo.

Molly and David

La experiencia de tener cáncer de mama me hizo sentir mutilada y deformada. Cada aspecto de mi feminidad fue atacado y de alguna manera, insultado. Perdí mis senos y mis pezones. Congelé mis óvulos por si la quimioterapia afectaba a mi fertilidad. Perdí mi cabello. Me sentía cubierta de cicatrices y repugnante.

El impacto del tatuaje de David sigue muy presente en mi vida diaria, en un proceso de curación que no podía anticipar. Antes de hacerme el tatuaje, estaba muy emocionada ante la posibilidad de no ver mis cicatrices al mirar hacia abajo. Eran un recordatorio continuo de lo que había perdido, de lo que nunca sería o haría, especialmente cuando me movía en mis clases de baile o yoga. Odiaba ver la piel arrugada y las líneas de bultos rojos de mis cicatrices que sobresalían del sujetador deportivo o se dejaban ver en bañador. Estaba emocionada de ver algo hermoso en lugar de destructivo. No esperaba ni creía que el hecho de que David me tatuara me haría sentir hermosa otra vez.Lo hizo. O que, en lugar de sentirme como una rareza médica, sentiría que soy una obra de arte en la que mi cuerpo es el lienzo.

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